He de confesaros un secreto: me gustan los libros sobre delincuentes. Estos días, sin ir más lejos me estoy leyendo una novela de un tal Eugene Izzi titulada La encerrona y estoy sintiendo el mismo interés que me suscitó en su día de la Reina del Sur de Javier Pérez-Reverte. Tiene narices que de todos los libros de Pérez-Reverte que han pasado por mis manos (y todos he de decir que me han enganchado) sea este, violento, a ratos sórdido, (al igual que el anterior) mi favorito. Quizás sea porque es el más periodístico del autor, donde se le nota de verdad la casta, la profesión, que siempre va por dentro.
En mi caso, en cuanto a mi afición, no sabría bien qué pensar. Me considero una persona más o menos honrada, que jamás ha cogido nada que no sea suyo, si exceptuamos, que yo recuerde ahora mismo, un affaire con una radio de aquellas de baquelita que acabé quedándome indebidamente. Podéis ver fotografiada la desvergonzada prueba del delito en uno de mis posts del mes de octubre.
Con lo que os acabo de contar, no encontraréis ahora extraño, que de hablaros de Miguel Ángel, del genio del Renacimiento, pintor, escultor, arquitecto, en definitiva, Humanista, os refiera una oscura historia, de la etapa más negra de su brillante biografía. Pues el bueno de Buonarroti, también transitó por el lado salvaje de la vida.
Para centrar el tema he echado mano de la Filosofía del Arte de Taine, que nos disecciona las condiciones del Arte, en este caso en la Italia del Renacimiento. Lejos de lo que podríamos suponer, la falta de justicia, el recurso a la fuerza y el asesinato impregnan el ambiente, no solo político sino también artístico. Las disputas y pendencias eran frecuentes, lo mismo en las tabernas, que en los talleres y obradores donde se está creando el mejor arte de la Historia de Europa.
Sin ir más lejos la nariz rota de Miguel Ángel, es un recuerdo imborrable de una desavenencia con el violento Pietro Torrigiano, aprendiz como él en la Florencia de Lorenzo el Magnífico y que también acabaría siendo un famoso escultor. Además, uno de los mayores broncas de todo el Renacimiento Italiano, Benvenuto Cellini, sería con posterioridad, en Roma, discípulo de nuestro maestro.

Foto 2: Miguel Ángel con su nariz rota.
Y es precisamente en Roma, a donde llegó Miguel Ángel en 1496, donde los Papas y Cardenales se nos perfilan mejor como corruptos Padrinos sicilianos que como bondadosos Padres de la Iglesia. Tanto su ambición como su refinamiento, no tenían límites y uno de los lujos más codiciados eran las obras de arte clásicas, por las que se pagaban verdaderas fortunas.
Con uno de estos Príncipes de la Iglesia, el Cardenal Raffaello Riario, y con un tratante de arte poco escrupuloso, topó el joven Miguel Ángel en su camino hacia la inmortalidad en la Ciudad Eterna. Como carta de presentación se trajo de su último paso por Florencia una bonita escultura, el Cupido durmiente y un mal consejo:
“Si enterraras la escultura y consiguieras hacerla pasar por una antigüedad, sacarías mucho más dinero por su venta…”.
Así que el mismo artista o un cómplice, procedieron a enterrar la obra, realizada según los patrones greco-romanos, en un suelo ácido durante una temporada, probablemente recubierta por abundante materia orgánica (mejor no especifiquemos) y una vez conseguida la pátina apropiada que sólo el paso del tiempo habría depositado de manera natural en una obra antigua, la hicieron llegar al Cardenal Riario, el cual pagó un buen dinero por el supuesto hallazgo arqueológico.
Posteriormente el Cardenal se dio cuenta del timo y reclamó su dinero de vuelta, so pena de soltar a sus sicarios para limpiar la afrenta. Sin embargo, apreciando como buen conocedor, el indudable talento (no sólo para el arte) de Miguel Ángel, le permitió quedarse con la parte que cobró por la escultura.
Como no hay mal que por bien no venga este embarazoso asunto, que tuvo gran notoriedad, le abrió al joven escultor las puertas de oro del Vaticano, no en vano, nadie en aquella época como la Curia Vaticana, expertos tanto en apreciar todas las Artes como en (perdonar) pecadillos veniales, para comprender el indudable talento del joven escultor.
Sin duda reconocieron en él a uno de los nuestros.
Para saber más (y mejor):
*Enrica Crispino, Michelangelo, http://books.google.es/books?id=xy8qxGlF4jcC
*Hipólito Taine, Filosofía del Arte.
*Renaissance Forgeries, http://www.museumofhoaxes.com/hoax/Hoaxipedia/Renaissance_Forgeries/
Y la prueba fotográfica de un delito:
¡Y ahora también Ramón Trecet!, http://historia-por.blogspot.com/2008/10/y-ahora-tambin-ramn-trecet.html
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