19 de junio de 2008

Los inicios de la Revolución Neolítica: La relación simbiótica entre la humanidad y sus plantas.


La estrecha relación de interdependencia que se establecería a partir del Neolítico entre los hombres y las especies vegetales que fue domesticando, hunde sus raíces en el largo periodo en que los cazadores y recolectores del paleolítico fueron cimentando su sólido conocimiento del entorno inmediato. Fuente de todos los recursos precisos para la supervivencia, era esencial conocer tanto los animales, como los minerales y los vegetales. Las plantas concretamente, no eran tan solo una fuente de recursos alimenticios con la que complementar la dieta cárnica –o más bien al contrario-, sino que también ofrecían a las poblaciones humanas valiosos recursos, como materiales de construcción para hacer sus cabañas, combustible, pigmentos para decorar sus cuerpos, palos para hacer herramientas y útiles, e incluso medicinas y substancias alucinógenas para sus ritos.
Con el cambio climático del Holoceno, se desplegaron ante el ser humano de muchas regiones de la Tierra, todo un abanico de especies, que formaban variados ecosistemas de bosques, selvas y praderas. En ellos el hombre tuvo que encontrar alternativas a la necesidad causada por la desaparición de la mega-fauna glaciar, que había sido su principal sustento durante largas eras. La mayor biodiversidad accesible por un lado, y en otros casos la suficiente concentración de algunas especies, hicieron a las comunidades humanas post-paleolíticas, plantearse dos estrategias de acción:
(1) Ampliar la gama de recursos aprovechables o
(2) Concentrarse en unos pocos recursos, generalmente abundantes estacionalmente.


Esto provocó que el hombre empezara a actuar, sobre unas pocas especies, que cumplían unos determinados requisitos. La propia actuación humana, primeramente de mera recolección, luego de control, y luego de cultivo, pudo provocar de manera involuntaria, que se seleccionaran determinadas características, deseables para los seres humanos y que estas fueran las que se fueran traspasando a las generaciones posteriores de esas especies. Hubo de suceder así, por ejemplo con la secuencia de aumento de tamaño de las mazorcas de maíz en Suramérica, o la resistencia de las espigas de trigo: en este último caso el hecho de que no se desgranaran con facilidad y cayeran al suelo antes aún de que fueran segadas, facilitaba su recolección y a su vez como estas plantas con espigas más resistentes eran las que más se recolectaban, fueron a su vez la simiente de la siguiente siembra.


El mapa de distribución de los centros de origen de las plantas cultivadas, muestra que el hombre, en casi todos los ecosistemas donde tuvo lugar el desarrollo de la economía neolítica, pudo seleccionar un conjunto de plantas, junto con las cuales desarrolló los sistemas de cultivo, base de la nueva economía. Así pues, en el caso concreto de Oriente Próximo, donde cereales como el trigo o la cebada crecían de manera silvestre, el hombre mesolítico empezó a recolectar los granos de las espigas y a manipular y almacenar estos alimentos. Además, las concentraciones extensas de estos cereales, acabaron causando que el hombre se estableciera, al principio de forma temporal y periódica, para aprovechar la abundancia estacional de este recurso. Esto a su vez provocó que se desarrollaran sistemas de almacenaje, de reparto y control, lo cual termino por sedentarizar a los grupos humanos, y lo que es muy importante, en la relación hombre-planta: crear una relación simbiótica, es decir hacerlos dependientes el uno –para su alimentación- del otro –para su reproducción.
Asimismo, las necesidades organizativas derivadas del almacenaje, el reparto y el control de estos recursos básicos, cambiarían las estructuras sociales de las bandas de cazadores-recolectores, dando lugar al nacimiento de un nuevo tipo de sociedad humana, dependiente de otros recursos y por lo tanto regida por otros parámetros.
Posteriormente, el hombre en sus desplazamientos a lo largo y ancho del Planeta, haría de muchas plantas sus compañeros de viaje, implantándolas en lugares alejados de su zona de distribución original, contribuyendo a su éxito como especie, llegando así a cubrir zonas que dificilmente hubieran colonizado por si mismas. No queda claro, en definitiva, si es el ser humano el que se sirve de estas plantas, o son estas las que se sirven del hombre, para crecer y multiplicarse.


Para saber más (y mejor):
*Comida y civilización (Alianza Ed.) C. Ritchie
*Al oeste del Edén (Ed. Síntesis) Bernabeu/Aura/Badal
*Los orígenes de la civilización (Ed. Crítica) Ch. L. Redman


1 comentario:

jeri dijo...

muy interesante. Esta claro que la fascinacion de HPR por los más variados misterios de la historia no tiene limites ni temporales ni geográficos...