20 de marzo de 2011

El dilema del prisionero aplicado a la Historia: desconfianza y energía nuclear.


La desconfianza mata.
La desconfianza provoca miedo y el miedo puede desencadenar reacciones extremas que lleven a tomar decisiones radicales que de otra forma no se producirían.
Un modelo precisamente basado en la desconfianza y el miedo es el famoso dilema del prisionero, inevitable invitado de piedra en talleres y formaciones empresariales en las que muchos hemos participado.
Desarrollado inicialmente por Merrill M. Flood y Melvin Dresher en los años 50 del siglo XX como un modelo de explicativo en el área económica, el dilema del prisionero es el ejemplo más popular de la Teoría de juegos y su importancia ha sido ratificada con el Premio Nobel de Economía concedido a de 1994 a John Nash, Reinhard Selten y John Harsanyi. Desde mi punto de vista significa el reconocimiento de la importancia de las emociones humanas en un campo como el de la Teoría Económica, tan caro a las fórmulas, las demostraciones matemáticas y las gráficas.
¿Se pueden aplicar al análisis de los hechos del pasado que han condicionado nuestra realidad actual? Opino que sí y se me ocurre pensar en el que sin duda es el Dilema del Prisionero más siniestro de la Historia de la Humanidad.



BREVE HISTORIA DEL DESARROLLO DE LA ENERGÍA ATÓMICA:
El descubrimiento casual a finales del s. XIX de los rayos X y del fenómeno hasta entonces desconocido de la radiactividad natural, provocó que toda una legión de investigadores repartidos por medio mundo pertenecientes a los campos de la Física y la Química comenzaran a hurgar en las estructuras más íntimas de la materia en busca de una explicación, llegando hasta sus confines últimos: el átomo y sus componentes.
El pistoletazo de salida a esta apasionante carrera lo dio sin duda el matrimonio Curie. Desde un modesto laboratorio en París, Marie Curie fue la pionera en la investigación atómica y su senda fue seguida por personajes de la talla de Ernest Rutherford, J.J. Thomson, Max Planck, Albert Einstein, Niels Borh, Wolfgang Pauli, Otto Hahn, Lise Meitner, Werner Heinsenberg, Enrico Fermi…. Se formaron equipos de investigación en las principales universidades, sobre todo en Alemania, Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos, Japón y Dinamarca.
Casi todos llegaron a conocerse personalmente, compartiendo descubrimientos en un ambiente de camaradería y franca colaboración. Nadie se guardaba para sí aquello que descubría. Por el contrario cada nuevo avance se publicaba en revistas científicas y se debatía en los congresos y encuentros que periódicamente iban teniendo lugar a lo largo del primer tercio del siglo XX.



En seguida se dieron cuenta de la gran cantidad de energía que podía contener el átomo, aunque de todos modos las primeras aplicaciones del nuevo descubrimiento más allá de la física teórica se dieron en le campo de la medicina durante la I Guerra Mundial.
Todo fue bien, hasta que, finalmente, se descubrió la radiactividad artificial (Frédéric Joliot-Curie e Irène Joliot-Curie, 1934) y se abrió la posibilidad de liberar esa enorme energía mediante una reacción en cadena, lo que podía dar lugar a un arma de una potencia destructiva nunca imaginada hasta el momento: la bomba atómica.



Fue como abrir las puertas del infierno justo en uno de los momento políticamente más delicados de la Historia, con muchos de aquellos científicos (la mayoría judíos), que habían tenido que huir de la Alemania Nazi o que sufrían represión en otros regimenes totalitarios como la Unión Soviética de Stalin o el Japón militarista de la restauración Meiji, y que se iban a ver obligados a alinearse con los esfuerzos bélicos encaminados a otra inevitable Guerra Mundial.



Una vez que se publicó este último descubrimiento, un escalofrío recorrió la espalda de Leo Szilard y de Albert Einstein, que en 1939 iniciaron una campaña para alertar a las autoridades británicas y norteamericanas del peligro que representaba que la Alemania nazi u otra potencia enemiga pudiera ser a la primera en hacerse con el poder del átomo, tanto para producir energía en cantidades ingentes, como sobre todo, para fabricar el arma atómica que les daría la victoria definitiva.
Así las cosas, la feliz hermandad de la ciencia nuclear finalmente no pudo quedar al margen de los acontecimientos que se estaban precipitando: estalló la guerra y se acabó la confianza, la transparencia, y la colaboración. Muchos científicos tuvieron que tomar partido.



El DILEMA, desde el punto de vista de las Potencias Aliadas, sobre todo después de la famosa carta que Albert Einstein hizo llegar al presidente de los Estados Unidos F. D. Roosevelt, queda representado en la siguiente matriz de pagos que sigue el modelo de la Teoría de Juegos:
MATRIZ DE PAGOS desarrollo del arma nuclear en la II G.M.:No desarrollar la BOMBA ATÓMICA Desarrollar la BOMBA ATÓMICA
No desarrollar la BOMBA ATÓMICA         (1,1)

      (20,0)

Desarrollar la BOMBA ATÓMICA       (0,20)       (5,5)

La situación que se planteó está claramente basada en la desconfianza y el miedo ante una previsible reacción del oponente que pudiera tener los conocimientos y los recursos necesarios para desarrollar la bomba atómica.
Desde el punto de vista de cada uno de los contendientes, una vez se ha recibido información creíble sobre la posibilidad de que el enemigo desarrolle la bomba atómica (la carta de Einstein y otros informes relevantes, en el caso de los Aliados), las alternativas a valorar serían:


 A) Intentar fabricar una bomba atómica y como mínimo convertir la guerra en un conflicto nuclear de resultado incierto. Aunque representa un escenario malo para ambos, pago (5,5), no es el peor de los escenarios.
B) No desarrollarla y ser derrotado con seguridad si el oponente se hace con la bomba atómica, pagos (20,0) o (0,20), lo cuál sí que es el peor de los escenarios posibles.


Está claro que en una situación de guerra pensar en el beneficio mutuo de evitar una conflagración nuclear no puntúa demasiado, y no intentar desarrollar la bomba atómica podría ser una decisión suicida y quedaría descartado. Así pues, ante la duda, la combinación de los dos pagos producidos por la decisión de desarrollar el arma nuclear se llevaría la mayor puntuación y marcaría el rumbo de los acontecimientos como así sucedió.
Como consecuencia lógica, se llevaron a cabo arriesgadas operaciones militares de sabotaje, como la conocida Batalla del Agua Pesada en Noruega, y sobre todo se implementó el Proyecto Manhattan, que puso en manos de las Potencias Aliadas, ya hacia el final de la II Guerra Mundial, las primeras bombas atómicas, que desgraciadamente una vez fabricadas, no quedaron arrinconadas en ningún almacén, sino que fueron utilizadas para el siniestro fin para el que habían sido diseñadas a poco que se evaluó la necesidad, contra Hiroshima y Nagasaki.


Lo más gracioso de todo esto es que a día de hoy no parece probable que la Alemania nazi hubiera podido desarrollar por si sola un arma nuclear. Cegada por sus prejuicios raciales y la ignorancia de sus dirigentes (la física atómica era considera una reprobable ciencia judía), e incapacitada por la falta de los enormes recursos necesarios durante la guerra. Los nazis prefirieron dedicar sus esfuerzos científicos al desarrollo de otras armas más asequibles, como las bombas volantes y los primeros aviones a reacción. De bombas atómicas ni en Alemania, ni en Japón, nada de nada. Ni mucho menos, por aquel entonces en la Unión Soviética.


En fin, todos conocemos las consecuencias de todo este miedo y desconfianza mutuos: los bombardeos atómicos para doblegar la resistencia final de Japón y que acabaron con la vida de miles de personas y la rendición incondicional del Imperio del Sol Naciente, el periodo de pánico nuclear y Guerra Fría que ha marcado la Historia Contemporánea de la humanidad durante la segunda mitad del siglo XX, la extensión de la energía nuclear con fines pacíficos con su rosario de accidentes, unos pocos de consecuencias muy graves, como el último de la central atómica de Fukushima en Japón, que todavía hoy no ha podido ser controlado, y lo que más debiera inquietarnos, la existencia de artefactos nucleares en manos de numerosos países con capacidad suficiente para destruir nuestra civilización y arrasar nuestro único hogar, la Tierra, varias veces.


Como epílogo os contaré una anécdota personal. Recuerdo que descubrí el dilema del prisionero en un taller de T.P.M. (Mantenimiento Total Productivo) organizado por la compañía para la que trabajaba por aquel entonces. Nos enviaron a un hotel a pasar el fin de semana y el formador nos dividió para una práctica sobre la importancia de la cooperación en la Mejora Continua en dos grupos separados, uno formado por directivos y jefes de departamento de cuello blanco y otro por los operarios del taller. Inesperada y sorprendentemente para mí uno de los grupos traicionó al otro, y efectivamente, ¡fue el de los directores! No pude evitar pensar que ahora entendía bien por qué, estos, habían llegado tan alto. Así es la vida, a esas alturas del curso ¡no habíamos aprendido para nada la lección!

Y para finalizar la escena final de una película, El Planeta de los Simios (1968), basada en la novela de Pierre Boulle. Un clásico del cine que todos habréis visto y que ilustra mejor que toda esta explicación los miedos que nos atenazan en esta cuestión:

Para saber más (y mejor):
*De Diana Preston, Antes de Hiroshima, Tusquets Editores.
Lo leí el pasado verano y explica de una manera muy accesible y amena, a ratos, novelesca, la historia del desarrollo de la energía nuclear y la bomba atómica. Ha sido la base para una parte importante de este artículo.



*Teoría de juegos: http://es.wikipedia.org/wiki/Teor%C3%ADa_de_juegos



*El dilema del prisionero y la moral: http://www.boulesis.com/boule/el-dilema-del-prisionero-y-la-moral/



*Carta de Eistein a Roosevelt, http://www.exordio.com/1939-1945/codex/Documentos/cartaeinstein.html



* Joachim Rønneberg: http://en.wikipedia.org/wiki/Joachim_R%C3%B8nneberg