4 de diciembre de 2011

Los Godos, Grande e desconocida Estoria.

Una vez más como en otros posts que por este blog encontraréis, me ha empujado la causalidad a establecer extrañas relaciones. Hace un par de semanas sin planearlo en absoluto, por primera vez el destino me franqueó la entrada a la que sin duda debe ser la iglesia más misteriosa de toda la ciudad de Barcelona: la Parroquia de los Santos Mártires Justo y Pastor, gótica como otras y en pleno Barrio Gótico, pero que siempre me encontraba cerrada. Digo yo que por algo sería.

 Ya finalizando mi recorrido, justo antes de salir me llamó la atención una antigua lápida fijada en el muro, dedicada a un feligrés fallecido hacia el año 900 ¡todavía con el muy visigótico nombre de Witiza! De todo lo que se pueda explicar de este templo que no es poco, lo que más me impresionó fue descubrir allí mismo su trayectoria histórica, ya que de repente había dado probablemente con la antigua catedral arriana de los godos de Barchinona y como no podía ser de otra manera y por consiguiente, también con la probable mezquita del periodo musulmán. Y soy tan cauteloso ya que probablemente los que vinieron detrás ya se habrían preocupado de disimular las probables huellas de un pasado probablemente repudiado. ¡Sentí que Ignacio Olagüe estaba allí, conmigo, probablemente.

Iglesia gótica, mezquita islámica, y catedral arriana, como pone bien claro en la puerta de entrada Domus Dei et porta Coeli al fin y al cabo, fueron edificadas encima mismo del solar de un templo romano dedicado a los gemelos Castor y Polux de paternidad incierta, de divinidad incompleta, y bastante inclinados al asesinato y los raptos. Por lo que se ve este par de elementos tenían una vida difícil de explicar, tanto como la propia Historia de los Godos de los que sería descendiente el feligrés Witiza de la sorprendente lápida.

Cuando los godos del crepúsculo más concretamente nuestros visigodos, en el agitado siglo V pusieron sus zapatos en la Península Ibérica –zapato podría ser una palabra de origen godo traída por los visigodos en sus pies para designar el calzado cerrado que llevaban-, irrumpieron con fuerza pisoteando la arrogancia de los suevos que de entrada osaron disputarles el dominio sobre la tierra de Spania, y como castigo los confinaron en la lejana e ignota Galicia, condenándolos a padecer lluvias sin fin y melancolía de verdor infinito.
Asimismo sacaron a patadas de la Historia a los alanos que tan solo nos dejaron unos antipáticos perros de presa, mientras que visto lo visto, los vándalos prefirieron poner sus pies en polvorosa y huir a las por aquel entonces ricas provincias de África del Norte para empobrecerlas haciendo lo que sabían hacer mejor que nadie y su nombre propiamente indica.
 
Los godos, expertos en la navegación fluvial, no eran tan buenos navegantes en el mar y ya habían sufrido una trágica experiencia previa en Italia. Creo que esa fue la razón de que no les fueran detrás a estos útlimos y se asentaran finalmente en Hispania una vez vencidos y hostigados por los francos.
La relación de todos estos bárbaros con los impetuosos godos venía de lejos -tanto en el espacio como el tiempo-. No se profesaban precisamente cariño y nuevamente habían venido a reencontrarse a muchísimos kilómetros de sus antiguos lares, demostrando una vez más que uno no puede huir de su propia sombra. Ya fueron viejos conocidos allende las inacabables praderas de Scitia, al norte del Danubio y al oeste de la esteparia inmensidad, donde los godos mantuvieron a todos estos pueblos que se iban asentando entre el Mar Báltico y el Mar Negro casi siempre derrotados y bajo control, a excepción del breve paréntesis de dominio de los hunos, corto, de poca relevancia, quizás demasiado inflando por el terror que inspiraron y la historiografía romana, y a los que también finalmente los godos también pudieron vencer y empujar más allá de las fronteras de nunca jamás.

Hasta no hace mucho, en los manuales escolares, el temario sobre los visigodos parecía estar bien fosilizado a partir de la ínclita lista de sus reyes y de cuatro verdades dogmáticas a cerca de su origen, su trayectoria, y el final de su reino –cuanto menos difícil de creer- a manos de una supuesta blitz-krieg árabe. Pero a día de hoy, todo o casi todo sobre los visigodos ya ha sido puesto en duda y vuelto del revés como un calcetín, convirtiendo el devenir de estos presuntos bárbaros en un verdadero misterio histórico.
De repente, el remoto origen de este pueblo ya no estaría en Escandinavia, ni su lengua ni su raza ni siquiera serían germánicas, y en cuanto al número de los invasores que irrumpieron en Hispania, esto sí, continúa estirándose como un chicle entre unos pocos miles de guerreros con sus familias y una marea incontenible de más cien mil hombres en armas. Ahora de repente, ni siquiera nunca fueron tan bárbaros como pudo parecer ¡e incluso ni las pocas iglesias de atribución indubitable al periodo han sido respetadas!

Y a todo esto justo al día siguiente de haber entrado en tan evocadora iglesia tuve a bien pasar por mi biblioteca habitual y allí ¡oh causalidad! volví a darme de bruces con los godos y la herejía, ya que encontré un libró que llevaba tiempo que quería leer. Es uno de los textos que más ha contribuido a esta tormenta de ideas histórica: Los Godos, de Juraté Rosales.
La autora, lituana afincada en Venezuela, sostiene que los godos no eran germanos, sino bálticos como los actuales lituanos y letones, pertenecientes a la más antigua cultura indoeuropea con más de tres mil años de antigüedad. Este pueblo, habría forjado un peculiar imperio basado en el comercio fluvial y en el poderío militar, y fue el verdadero cancerbero de Europa, bloqueando y modulando, desde sus territorios étnicos de Prusia a Bielorusia y Letonia, las periódicas invasiones asiáticas que se cernían sobre nuestro continente desde la noche de los tiempos hasta la Edad Moderna.
Y diciendo todo esto sé que me estoy tirando de cabeza al río y no a cualquier río sino a alguno de los grandes ríos (el Volga, el Don, el Dnieper, el Daugaba,…) que naciendo todos en la estratégica Meseta de Valdái les brindaron a los godos vías de acceso rápidas y directas sobre cuatro mares, para comerciar o intervenir militarmente según conviniera, en Escandinavia y Europa del Norte, Asia Central, el Cáucaso, los Balcanes, y por ende en el Mediterráneo.
Las claves de esta apasionante teoría, estarían ocultas más cerca de nosotros de lo que pudiéramos imaginar: en nuestro propio idioma español, que conserva rasgos comunes con el antiguo idioma báltico de prusia, y en una antigua crónica escrita en el siglo XIII por un rey sabio, hijo de un rey santo y que casi nadie lee con el debido criterio: la Grande e general Estoria, redactada en el siglo XIII por Alfonso X el Sabio, y que a la luz de los más recientes descubrimientos arqueológicos, su literalidad, puesta en duda, se va viendo plenamente confirmada.
Bueno, a todo esto queda claro que tratándose de los godos que en sus tierras fueron el último pueblo pagano de Europa, y que en las nuestras fueron herejes todo lo que pudieron, mis preferencias históricas se inclinan claramente por la heterodoxia, por la herejía incluso. No me arrepiento para nada y no voy a decir que lo siento, es que sin estas cosas la Historia no me parecería tan entretenida.

Para saber más (y mejor):

*Jurate Statkuté de Rosales: Los Godos, Editorial Ariel

*Grande e general Estoria, Alfonso X el Sabio, referencia:
http://www.leabooks.com/LEA-Spanish%20Pages/Literatura/Paginas%20de%20Autor/Alfon%20X%20El%20Sabio/Alfonso%20X.htm

20 de marzo de 2011

El dilema del prisionero aplicado a la Historia: desconfianza y energía nuclear.


La desconfianza mata.
La desconfianza provoca miedo y el miedo puede desencadenar reacciones extremas que lleven a tomar decisiones radicales que de otra forma no se producirían.
Un modelo precisamente basado en la desconfianza y el miedo es el famoso dilema del prisionero, inevitable invitado de piedra en talleres y formaciones empresariales en las que muchos hemos participado.

Desarrollado inicialmente por Merrill M. Flood y Melvin Dresher en los años 50 del siglo XX como un modelo de explicativo en el área económica, el dilema del prisionero es el ejemplo más popular de la Teoría de juegos y su importancia ha sido ratificada con el Premio Nobel de Economía concedido a de 1994 a John Nash, Reinhard Selten y John Harsanyi. Desde mi punto de vista significa el reconocimiento de la importancia de las emociones humanas en un campo como el de la Teoría Económica, tan caro a las fórmulas, las demostraciones matemáticas y las gráficas.
¿Se pueden aplicar al análisis de los hechos del pasado que han condicionado nuestra realidad actual? Opino que sí y se me ocurre pensar en el que sin duda es el Dilema del Prisionero más siniestro de la Historia de la Humanidad.

BREVE HISTORIA DEL DESARROLLO DE LA ENERGÍA ATÓMICA:

El descubrimiento casual a finales del s. XIX de los rayos X y del fenómeno hasta entonces desconocido de la radiactividad natural, provocó que toda una legión de investigadores repartidos por medio mundo pertenecientes a los campos de la Física y la Química comenzaran a hurgar en las estructuras más íntimas de la materia en busca de una explicación, llegando hasta sus confines últimos: el átomo y sus componentes.
El pistoletazo de salida a esta apasionante carrera lo dio sin duda el matrimonio Curie. Desde un modesto laboratorio en París, Marie Curie fue la pionera en la investigación atómica y su senda fue seguida por personajes de la talla de Ernest Rutherford, J.J. Thomson, Max Planck, Albert Einstein, Niels Borh, Wolfgang Pauli, Otto Hahn, Lise Meitner, Werner Heinsenberg, Enrico Fermi…. Se formaron equipos de investigación en las principales universidades, sobre todo en Alemania, Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos, Japón y Dinamarca.
Casi todos llegaron a conocerse personalmente, compartiendo descubrimientos en un ambiente de camaradería y franca colaboración. Nadie se guardaba para sí aquello que descubría. Por el contrario cada nuevo avance se publicaba en revistas científicas y se debatía en los congresos y encuentros que periódicamente iban teniendo lugar a lo largo del primer tercio del siglo XX.

En seguida se dieron cuenta de la gran cantidad de energía que podía contener el átomo, aunque de todos modos las primeras aplicaciones del nuevo descubrimiento más allá de la física teórica se dieron en le campo de la medicina durante la I Guerra Mundial.
Todo fue bien, hasta que, finalmente, se descubrió la radiactividad artificial (Frédéric Joliot-Curie e Irène Joliot-Curie, 1934) y se abrió la posibilidad de liberar esa enorme energía mediante una reacción en cadena, lo que podía dar lugar a un arma de una potencia destructiva nunca imaginada hasta el momento: la bomba atómica.

Fue como abrir las puertas del infierno justo en uno de los momento políticamente más delicados de la Historia, con muchos de aquellos científicos (la mayoría judíos), que habían tenido que huir de la Alemania Nazi o que sufrían represión en otros regimenes totalitarios como la Unión Soviética de Stalin o el Japón militarista de la restauración Meiji, y que se iban a ver obligados a alinearse con los esfuerzos bélicos encaminados a otra inevitable Guerra Mundial.

Una vez que se publicó este último descubrimiento, un escalofrío recorrió la espalda de Leo Szilard y de Albert Einstein, que en 1939 iniciaron una campaña para alertar a las autoridades británicas y norteamericanas del peligro que representaba que la Alemania nazi u otra potencia enemiga pudiera ser a la primera en hacerse con el poder del átomo, tanto para producir energía en cantidades ingentes, como sobre todo, para fabricar el arma atómica que les daría la victoria definitiva.
Así las cosas, la feliz hermandad de la ciencia nuclear finalmente no pudo quedar al margen de los acontecimientos que se estaban precipitando: estalló la guerra y se acabó la confianza, la transparencia, y la colaboración. Muchos científicos tuvieron que tomar partido.

El DILEMA, desde el punto de vista de las Potencias Aliadas, sobre todo después de la famosa carta que Albert Einstein hizo llegar al presidente de los Estados Unidos F. D. Roosevelt, queda representado en la siguiente matriz de pagos que sigue el modelo de la Teoría de Juegos:        

MATRIZ DE PAGOS desarrollo del arma nuclear en la II G.M.:No desarrollar la BOMBA ATÓMICA Desarrollar la BOMBA ATÓMICA
No desarrollar la BOMBA ATÓMICA         (1,1)

      (20,0)

Desarrollar la BOMBA ATÓMICA       (0,20)       (5,5)

La situación que se planteó está claramente basada en la desconfianza y el miedo ante una previsible reacción del oponente que pudiera tener los conocimientos y los recursos necesarios para desarrollar la bomba atómica.
Desde el punto de vista de cada uno de los contendientes, una vez se ha recibido información creíble sobre la posibilidad de que el enemigo desarrolle la bomba atómica (la carta de Einstein y otros informes relevantes, en el caso de los Aliados), las alternativas a valorar serían:

 A) Intentar fabricar una bomba atómica y como mínimo convertir la guerra en un conflicto nuclear de resultado incierto. Aunque representa un escenario malo para ambos, pago (5,5), no es el peor de los escenarios.
B) No desarrollarla y ser derrotado con seguridad si el oponente se hace con la bomba atómica, pagos (20,0) o (0,20), lo cuál sí que es el peor de los escenarios posibles.

Está claro que en una situación de guerra pensar en el beneficio mutuo de evitar una conflagración nuclear no puntúa demasiado, y no intentar desarrollar la bomba atómica podría ser una decisión suicida y quedaría descartado. Así pues, ante la duda, la combinación de los dos pagos producidos por la decisión de desarrollar el arma nuclear se llevaría la mayor puntuación y marcaría el rumbo de los acontecimientos como así sucedió.
Como consecuencia lógica, se llevaron a cabo arriesgadas operaciones militares de sabotaje, como la conocida Batalla del Agua Pesada en Noruega, y sobre todo se implementó el Proyecto Manhattan, que puso en manos de las Potencias Aliadas, ya hacia el final de la II Guerra Mundial, las primeras bombas atómicas, que desgraciadamente una vez fabricadas, no quedaron arrinconadas en ningún almacén, sino que fueron utilizadas para el siniestro fin para el que habían sido diseñadas a poco que se evaluó la necesidad, contra Hiroshima y Nagasaki.

Lo más gracioso de todo esto es que a día de hoy no parece probable que la Alemania nazi hubiera podido desarrollar por si sola un arma nuclear. Cegada por sus prejuicios raciales y la ignorancia de sus dirigentes (la física atómica era considera una reprobable ciencia judía), e incapacitada por la falta de los enormes recursos necesarios durante la guerra. Los nazis prefirieron dedicar sus esfuerzos científicos al desarrollo de otras armas más asequibles, como las bombas volantes y los primeros aviones a reacción. De bombas atómicas ni en Alemania, ni en Japón, nada de nada. Ni mucho menos, por aquel entonces en la Unión Soviética.

En fin, todos conocemos las consecuencias de todo este miedo y desconfianza mutuos: los bombardeos atómicos para doblegar la resistencia final de Japón y que acabaron con la vida de miles de personas y la rendición incondicional del Imperio del Sol Naciente, el periodo de pánico nuclear y Guerra Fría que ha marcado la Historia Contemporánea de la humanidad durante la segunda mitad del siglo XX, la extensión de la energía nuclear con fines pacíficos con su rosario de accidentes, unos pocos de consecuencias muy graves, como el último de la central atómica de Fukushima en Japón, que todavía hoy no ha podido ser controlado, y lo que más debiera inquietarnos, la existencia de artefactos nucleares en manos de numerosos países con capacidad suficiente para destruir nuestra civilización y arrasar nuestro único hogar, la Tierra, varias veces.

Como epílogo os contaré una anécdota personal. Recuerdo que descubrí el dilema del prisionero en un taller de T.P.M. (Mantenimiento Total Productivo) organizado por la compañía para la que trabajaba por aquel entonces. Nos enviaron a un hotel a pasar el fin de semana y el formador nos dividió para una práctica sobre la importancia de la cooperación en la Mejora Continua en dos grupos separados, uno formado por directivos y jefes de departamento de cuello blanco y otro por los operarios del taller. Inesperada y sorprendentemente para mí uno de los grupos traicionó al otro, y efectivamente, ¡fue el de los directores! No pude evitar pensar que ahora entendía bien por qué, estos, habían llegado tan alto. Así es la vida, a esas alturas del curso ¡no habíamos aprendido para nada la lección!

Y para finalizar la escena final de una película, El Planeta de los Simios (1968), basada en la novela de Pierre Boulle. Un clásico del cine que todos habréis visto y que ilustra mejor que toda esta explicación los miedos que nos atenazan en esta cuestión:

Para saber más (y mejor):

*De Diana Preston, Antes de Hiroshima, Tusquets Editores.
Lo leí el pasado verano y explica de una manera muy accesible y amena, a ratos, novelesca, la historia del desarrollo de la energía nuclear y la bomba atómica. Ha sido la base para una parte importante de este artículo.




12 de marzo de 2011

Líbia, Japón. La negra ola. Los miedos que nos acechan allende los mares.


Ayer mismo estábamos bien distraídos (yo al menos) mirando hacia Líbia y de repente llegó el terremoto en Japón y sobre todo el tsumani. Como ya debéis saber me encanta establecer relaciones: actualidad, Historia, lo que quiera que sea que esté leyendo estos días, ¡no lo puedo evitar!
La ola negra como el petróleo, que inexorablemente arrasaba todo a su paso repetida hasta la saciedad en todos los noticiarios, actuó en mi como disparador psicólogico para que deseara con impaciencia volver a ponerme a escribir de Historia, del miedo, y hasta de la energía, ¡sólo me faltó levantarme de la cama esta mañana con una alerta nuclear!

Un poco de Historia, para no perder la costumbre:

“Roma no paga a traidores”, la frase, atribuida al cónsul Servilio Cepión, que había encargado a unos gañanes el asesinato de Viriato para ahorrarse unos denarios, no por muy repetida deja de ser menos falsa.
El Imperio Romano, como el actual, los pagó a lo largo de toda su dilatada historia. Y les pagaba muy bien. La lista de los sobornados para comprar voluntades para la causa imperial sería interminable:
-Miembros de élites aristocráticas etruscas, latinas o helenas.
-Jefecillos tribales ibéricos, celtíberos o celtas.
-Sátrapas orientales.
-Caudillos germanos.
-Reyezuelos árabes y norteafricanos…
Y a estos últimos, desaparecidos hoy en día casi todos los anteriores, aún los seguimos pagando, para que el petróleo y el gas con los que vamos a acabar de sobrecalentar el Planeta, fluyan en abundancia y a buen precio hasta nuestros coches y nuestros benditos hogares.
Incluso les recompensamos tan bien como los antiguos romanos, a juzgar por cómo y de qué manera se les deja últimamente caer tras toda una vida de abnegación y saqueo al servicio de los intereses occidentales. Y de los suyos propios claro. Sirvan de ejemplo por ahora Ben Alí, Mubarak y ya veremos si les seguirán al infierno de los traidores, algunos otros entre los que no sé bien si se encontrarán Gadafi y su amenazador y belicoso hijo, los cuales tienen un paralelo histórico clarísimo en la figura del inefable Yugurta.
El príncipe númida de nuestras traducciones de latín del bachillerato, fue alternativamente, aliado y enemigo de los romanos. Tras un largo desafío y muchos avatares, acabó finalmente siendo capturarado y ejecutado sumariamente en la prisión mamertina en el 104 a. C.
Las razones de los romanos para inmiscuirse en los asuntos de Yugurta y su familia en el Norte de África no eran otras que garantizar en su propio beneficio la estabilidad y el control de todas las orillas del Mediterráneo, a las puertas de Roma. Sin esa estabilidad no hubiera podido haber Imperio.
En cuanto lo perdieron en el siglo Va manos de los vándalos, estos se hicieron con el principal granero y los impuestos del por entonces atribulado Imperio de Occidente. Zarpando de estas mismas costas de Túnez, Argelia y Libia, liderando razzias de piratas, pusieron en jaque el comercio y pudieron incluso saquear Roma el año 455 d. C. en uno de sus más osados golpes de mano.

Y estos son precisamente los espantajos que agitan ante nuestros medios de comunicación de masas estos modernos Yugurtas líbios, parapetados en las debilidades que nutren nuestros miedos (guerra, inmigración ilegal, inflación, islamismo, y hasta piratería al estilo somalí). Así esgrimen ante nosotros todos los males que pueden venir allende el mar, y nos llevan a recordar los escalofriantes tiempos no tan lejanos en que el enemigo y los problemas, como ahora los turistas, podía llegar por la costa.
Que se nos pueda volver a cortar el suministro antaño de grano, ahora de los esenciales hidrocarburos que no sabemos cómo ahorrar y no queremos dejar de quemar, nos hace estremecernos. Con sólo mentar estos peligros ultramarinos, la consecuencia ha sido una subida desbocada de los precios del petróleo, que puede llevar a nuestras economías fuertemente dependientes al colapso.

Y para finalizar, aunque Japón esté muy lejos de Libia, todo tiene mucho que ver. Pues allí a pesar de la magnitud del terremoto, el verdadero mal, acabó llegando ciertamente del mar. Y también ha acabado teniendo consecuencias energéticas que espero que no caigan en saco roto, en cuanto a la consideración de la energía nuclear como una alternativa a los hidrocarburos.
Contemplando todo este panorama no acabo de entender como es posible que a algunos todavía, confundiendo ciega o interesadamente coste con precio, puedan parecerles caras las energías renovables, inagotables, sostenibles, comparativamente limpias, poco peligrosas y que garantizan nuestra independencia energética frente a semejantes socios comerciales.
A ver cuando se hacen de una puñetera vez bien los cálculos y se consideran en el coste del Kwh., TODOS los costes, incluyendo lo que llaman por ahí externalidades, que en Japón hoy y en Chernobil ayer, no son ninguna broma.

Por cierto, ¿y qué me estoy leyendo estos días?, pues El viaje a la felicidad, de Eduard Punset. Para Eduard, por mucho que hayamos elegido desde los albores de la Historia potenciar el neocortex, -nuestro cerebro consciente-, y obviar la influencia de las emociones alojadas en lo más profundo de nuestro cerebro reptiliano, la felicidad no es más que la ausencia de una emoción, del miedo.
Así que mejor no nos dejemos asustar ni por los poderosos ni por todo lo que está pasando, aunque mi sistema límbico no deja de enviarme señales para que me ponga anticipadamente a temblar.¡Menudo reptil estoy hecho!

Para saber más (y mejor):

*Eduard Punset, El viaje a la felicidad. Ediciones Destino,
El libro contiene reflexiones imprescindibles, sobre los efectos catastróficos del ejercicio abyecto del poder en los niveles de felicidad en el presente y a lo largo de la Historia de las sociedades  humanas.


* Archienemigos de Roma. Yugurta el corrupto. Historias de la Historia, Gabriel Castelló, http://historiasdelahistoria.com/2010/04/09/archienemigos-de-roma-yugurta-el-corrupto/. Si lo leéis veréis que son muy reveladores los nombres de los dos  cónsules enviados consecutivamente por la República Romana para enfrentarse a Yugurta: Lucio Calpurnio Bestia y Espurio Postumio Albino. Los dos lejos de neutralizar al rebelde, se dejaron corromper, ¡alucinante por demás!

 

*Energías renovables, EXTERNALIDADES, http://www.mailxmail.com/curso-energias-renovables-1/externalidades

 

*Mª Victoria Rodriguez, http://www.diariodelviajero.com/noticias/libia-el-mayor-destino-sostenible-del-mundo

 

*La foto es de Cris Helgren/AFP, en http://www.expreso.ec/ediciones/2011/03/01/mundo/mundo/europa-sanciona-a-gadafi-y-eeuu-reposiciona-fuerzas/

13 de febrero de 2011

Noticia de la revolución islámica original.


Las revueltas que están sacudiendo el mundo islámico y que no debemos perder de vista que ya tuvieron un preludio en Irán el pasado año, son el reflejo de un sistema en crisis que como la propia palabra indica, va a implicar un periodo de cambios. Recientemente Túnez y ahora Egipto han visto como las dificultades económicas han prendido la mecha, ¿pero hasta dónde puede llegar?

Quizás para obtener alguna clave sobre lo que puede estar sucediendo ante nuestros sorprendidos ojos mediáticos, vamos a ponernos la escafandra y a bucear en una de las más recónditas cuevas submarinas de nuestra desmemoria histórica.
Nos zambulliremos, en busca de paralelos históricos, en aguas del Mediterráneo, sumergiéndonos hasta las profundidades de los siglos VI a VIII, en busca de los atribulados tiempos, ya por todos olvidados, en los que el Imperio Bizantino se vio enfrentado a su primera gran crisis, quizás el mayor desafío que a punto estuvo de acabar con su existencia y borrarlo prematuramente de la faz Historia.

Sabemos muy bien que desde el siglo I a. C. los romanos consiguieron unificar en un Imperio que duraría aún casi cinco siglos, todas las orillas del Mare Nostrum. Tierra adentro, todos aquellos pueblos y culturas con el suficiente desarrollo económico para que valiera la pena explotarlos e integrarlos, se vieron forzados a formar parte de un Estado que perduraría hasta que los desafíos externos (el Imperio Persa, los bárbaros…) lograron su descomposición interna en Occidente.

Lo que ya no sabemos tan bien es cómo hacia el siglo VI el Imperio Bizantino, vigoroso continuador del Imperio Romano en Oriente, que recién había podido recuperar en un último esfuerzo una pequeña porción de las costas occidentales en Italia, Hispania y en el Norte de África, repentinamente en el transcurso del siglo siguiente, perdería no sólo estos territorios sino que quedaría reducido a unas menguadas fronteras en Grecia y Anatolia alrededor de su inexpugnable capital, Constantinopla.
Como consecuencia, también hubo de transformar sus estructuras políticas y sociales para adaptarlas a las de un estado militarista, convirtiéndose en un Imperio encastillado, cercado y a la defensiva, características estas que aún definen la Turquía de nuestros días muchos siglos después.

Al mismo tiempo peor destino sufrió su eterno rival, el Imperio Persa Sasánida, el otro Imperio civilizado, con el que mantenía una inestable frontera en permanente estado de guerra y que fue liquidado en el 651 d.C.
Bizancio sin embargo y gracias al milagroso fuego griego pudo sobrevivir, aunque se vio mutilado de sus provincias más prósperas: las costas del Magreb (que incluyen el Túnez actual), Palestina, Siria y sobre todo Egipto, granero del Imperio y su principal fuente de tributos, que ya nunca más recuperó.

¿Cómo se llegó a esta situación? ¿Cómo perdió el Imperio Bizantino el control sobre el Magreb y Egipto, precisamente los territorios donde ahora han surgido las revueltas populares que tanto nos preocupan? ¿Por qué cayó el Imperio Persa?
Por lo general se explica que una nueva religión, el Islam, surgida de las profundidades de los desiertos de la Península Arábiga había desatado su furia proselitista, arrebatándole a Bizancio en los primeros embates, Egipto, Palestina y gran parte de Siria, que eran precisamente sus provincias más desarrolladas y productivas.
Tal sería el empuje de estos beduinos del despoblado y falto de recursos desierto de Arabia, que en breve hicieron también caer el poderoso Imperio Persa, para extenderse luego fulgurantes hacia la India por el Este y hacia la Península Ibérica por el Oeste, forzando las puertas de Europa.
Pero puede que esta sea una explicación demasiado simplista. Geografía y demografía mandan.
Sencillamente se trataría de un escenario bélico demasiado extenso para ser cabalgado por una reducida horda de beduinos, eso si excluimos a priori, claro, la muy necesaria ayuda divina en este caso.

Sin embargo, cabe decir que tanto el Imperio Persa como el propio Imperio Bizantino, pasaban desde el siglo VI un prolongado periodo de crisis política, económica y social, reflejada en múltiples disturbios y luchas religiosas. Se hallaban debilitados y exhaustos tras muchos enfrentamientos. Las guerras significan destrucciones y onerosas cargas impositivas para la población y generan un gran descontento.
Ambos Estdos tenían en común el estar rodeados por belicosos pueblos nómadas que periódicamente asediaban sus fronteras. Los árabes ahora recién islamizados tan solo eran uno más de una larga lista, que en el sentido de las agujas del reloj comprendía a eslavos, ávaros, búlgaros, hunos heftalitas, kházaros, turcos,… Hay que añadir en el oeste por África, las diversas tribus bereberes de las montañas del Magreb que se acabarían imponiendo sobre las antaño prósperas comunidades costeras, cercadas por el avance del desierto y la sequía, y que ya habrían sido abandonadas a su suerte con anterioridad a la irrupción islámica.

Como es bien sabido desde la más remota antigüedad, los Imperios de las zonas civilizadas del planeta sólo estarían en condiciones de ser derrotados por los bárbaros que los circundan en el caso de que existiera una crisis interna que minara su resistencia y cohesión.
Diversos autores refieren para ese periodo una persistente crisis climática y de subsistencia en el entorno del Mediterráneo, sequías, hambrunas y la consiguiente inestabilidad social y política serían el marco de referencia.
Esta situación estaría en el origen de la caída del Reino Visigodo hacia 711 d. C. y su subsiguiente islamización (quizás no tan temprana ni tan "islámica" como se piensa), pero también en los cambios políticos, sociales y religiosos que se produjeron así mismo y con anterioridad en el Magreb, Egipto, Oriente Medio y Persia.

Por otro lado, no hay que olvidar que la Península Arábica recibió fuertes influencias de las múltiples corrientes heterodoxas cristianas y también judías (monofisitas, nestorianos, jacobitas, etc.…) que originarían la nueva religión, el Islam, que precisamente se iría a imponer en aquellas zonas del Imperio Bizantino donde más fuerte era la disensión religiosa con la ortodoxia que Constantinopla trataba de imponer y de dónde había partido inicialmente los predicadores que había puesto los cimientos de la nueva fe. ¿Hablaríamos pues de un cambio de régimen más que de una verdadera invasión?

Está claro que por muy lejanas que nos parezcan y por muy al margen y protegidos que nos sintamos desde nuestro dique europeo, debemos mirar con atención estas revueltas que están sucediendo ahora, fruto también de crisis de subsistencia (paro endémico, pobreza generalizada, alza del precio de los alimentos) que pueden acabar provocando cambios políticos de consecuencias incalculables.
No debemos olvidar el pasado, porque la onda de lo que empezó a fraguarse en el siglo VI en la otra orilla acabó llegando en el siglo VIII a la nuestra.

Bueno, ¡cuánto tiempo! al menos por esta vez, ¡estamos de vuelta!


 
Para saber más (y mejor):

*Ignacio Olagüe, La revolución islámica en Occidente.
*http://historia-por.blogspot.com/search/label/Bizancio

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"Golfus" de Roma: los publicanos y las crisis alimentarias, Sobre los principales causantes de las periódicas crisis de subsistencia que azotan el planeta.

*http://historia-por.blogspot.com/2008/06/golfus-de-roma-los-publicanos-y-las.html